miércoles, 29 de junio de 2016

Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado - Marosa di Giorgio (Uruguay)

Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Se alimenta de muchas especies y de sólo una. Las busca en la noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.
Mi alma tiene miedo y tiene audacia. Es una muñeca grande, con rizos, vestido celeste.
Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.

martes, 7 de junio de 2016

Parlamento - Emma Villazón (Bolivia)

No se aleja quien nunca se va,
sale por la puerta real o irreal
y se despide en tono de lluvia ascendente o pájaro.

Nadie parte fácilmente y quizás nunca del todo
de instancias mayores, sobre todo
del lugar del origen, de esa torre ambigua y amenazadora,
siempre hambrienta de sueños idénticos.
No hay quien no requiera tiempo y fricción
para alcanzar la corrida en pos de su lengua.
El punto de tensión entonces
no reside en la cantidad de escenas y abrazos que aletean
o qué ciudad a mediodía se abandona, sino con qué
perfiles, llaves, piernas de sombra y cielos plegables
se parte, con qué
gigantes en sonrisas
—dijo aquella que se va
en la intersección del pájaro

jueves, 2 de junio de 2016

Nunca serás Justine - Milenka Torrico (Bolivia)

Nunca oirás el crujir de tus huesos
No sangrará tu boquita
No abrirán tu espalda a mordiscos
Nunca sentirás la asfixia de estar boca abajo
No caerás de rodillas
No golpearán  tu rostro contra el suelo
A ti
te darán un beso
te invitarán un helado
te llevarán a casa
y plantada allí con tus intenciones
te consumirás en ese llanto que no exacerba
ningún deseo violento de tomarte.

El amor nuestro - Sharon Olds (Estados Unidos)

A ese amor nuestro al que llamé un niño
nacido muerto
colgado por los pies –ultimamente lo he visto
moverse, Padre.

Su vendada forma azul-negruzca ha dado
ligeramente la vuelta, una crisálida
en un grueso capullo.

Lo he visto girar despacio, morado,
las líneas del vendaje como hojas de col
plegadas y apretadas, más oscuras y secas
en los bordes.

He visto al capullo aferrarse cual garra,
desenrollar ligeramente su envoltura y ajustarla
cómodamente alrededor del cuerpo.

Como un murciélago que abre su manto de piel
para arroparse de nuevo,
colgado cabeza abajo, la sangre

latiendo en la cabeza como un corazón:
ese amor nuestro, este amor ciego
se alimenta a sí mismo, sin chocar contra nada,
y amamanta su cría.